Hay lugares que nunca terminamos de abandonar. Aunque pase el tiempo y la vida nos lleve por otros caminos, permanecen dentro de nosotros. Soy María José Jurado Cabanillas y, para mí, ese lugar es un pequeño pueblo de Andalucía donde transcurrieron los veranos de mi infancia y adolescencia. Allí aprendí a mirar la naturaleza de otra manera. A descubrir la belleza de las casas antiguas, de los materiales marcados por el paso del tiempo y de una forma de vida sencilla, cercana y profundamente vinculada al territorio.
Mis mejores recuerdos nacieron allí. Por eso me duele ver cómo muchos pueblos van perdiendo habitantes, cómo las oportunidades se concentran en las ciudades y cómo, poco a poco, desaparecen oficios, costumbres y formas de vivir que forman parte de nuestra identidad. Sin embargo, durante muchos años no fui consciente de hasta qué punto aquellas vivencias habían dejado una huella en mí.
Mi camino profesional comenzó lejos del interiorismo. Soy diplomada en Relaciones Laborales y durante veintiséis años desarrollé mi carrera en el ámbito empresarial. Los últimos dieciséis los pasé en el departamento jurídico de una compañía con más de cien trabajadores. Fue una etapa fundamental. Me enseñó a organizar, gestionar, negociar, asumir responsabilidades y afrontar cada proyecto con rigor. Me proporcionó una visión empresarial y una capacidad de análisis que hoy forman parte de mi manera de trabajar.
Pero llegó un momento en el que determinadas circunstancias personales y profesionales cambiaron el rumbo de mi vida. No fue una pregunta que llevara años haciéndome. Surgió entonces, cuando aquel cambio y la posibilidad de emprender me obligaron a detenerme y mirar hacia dentro. Ese viaje introspectivo me llevó de nuevo a mi infancia, a aquellos veranos en el pueblo, a las casas antiguas, a la naturaleza y a todo aquello que siempre había despertado algo especial en mí. Y entonces apareció una pregunta que ya no podía ignorar: ¿Estoy dedicando mi vida a aquello que realmente quiero hacer?
La respuesta fue clara. No quería renunciar a todo lo aprendido durante mi trayectoria profesional, pero necesitaba ponerlo al servicio de algo que tuviera un sentido más profundo para mí. Quería unir mi creatividad, mi amor por los pueblos, mi pasión por el patrimonio y mi deseo de generar un impacto positivo. Pero todavía necesitaba encontrar la forma de hacerlo. ¿Cómo podía aportar valor? ¿Cómo podía generar actividad y contribuir a fortalecer las economías locales? La respuesta apareció cuando comprendí el enorme potencial del turismo rural. Pero no de cualquier turismo. Creo en un turismo sostenible y respetuoso, capaz de poner en valor aquello que hace único a cada lugar: su paisaje, su cultura, su patrimonio, sus tradiciones, sus oficios y, sobre todo, las personas que lo mantienen vivo.
Aquella visión conectaba, además, con otra parte esencial de mí: la necesidad de crear.
Desde pequeña he pintado, modelado barro, trabajado con arcilla, restaurado muebles y experimentado con materiales reciclados y elementos naturales. Crear siempre ha sido mi manera de observar el mundo, comprenderlo y transformarlo. Todavía hoy continúo desarrollando esa faceta artística a través de obras en las que combino textiles, naturaleza y materiales recuperados. Me atrae aquello que conserva huellas, que guarda una historia y que puede adquirir un nuevo significado.
Quizá por eso siempre me han fascinado las casas antiguas. No solo por su arquitectura, sino por todo lo que guardan entre sus muros: las vidas que acogieron, las manos que las construyeron, la nobleza de sus materiales y la posibilidad de devolverles una segunda vida sin borrar su memoria.
Decidí entonces cambiar de rumbo y formarme como diseñadora de interiores. Al principio pensé que ese sería el camino para dar forma a todas aquellas inquietudes. Sin embargo, pronto comprendí que mi propósito no consistía únicamente en crear espacios bonitos. Quería utilizar el diseño como una herramienta para revitalizar el medio rural. Durante tres me formé como Diseñadora de interiores y complementé mi formación con un máster en gestión empresarial y una investigación profunda sobre el turismo rural y el comportamiento del viajero. Estudié el sector, analicé sus retos y observé cómo estaban cambiando las necesidades de los huéspedes. Comprendí que el viajero actual ya no busca solamente un lugar donde dormir. Busca sentir. Busca descubrir la historia que hay detrás de un alojamiento, conectar con el paisaje, conocer la cultura local y vivir algo que no podría experimentar de la misma manera en ningún otro lugar. Porque la experiencia comienza mucho antes de cruzar una puerta. Empieza con lo que el espacio promete. Continúa con las emociones que despierta. Y permanece en la memoria cuando consigue establecer una conexión auténtica entre las personas y el territorio.
De esa reflexión nació Magnelisse Estudio y, posteriormente, el Método REVIVE®.
Una metodología propia que une estrategia empresarial, interiorismo experiencial y desarrollo territorial para transformar alojamientos rurales en proyectos con identidad. Espacios capaces de diferenciarse, mejorar su rentabilidad y ofrecer experiencias memorables sin perder su esencia.
Pero, para mí, el verdadero éxito de un proyecto no termina cuando mejora la ocupación de un alojamiento. Comienza cuando ese crecimiento también beneficia a su entorno. Cuando se recuperan los materiales existentes en lugar de sustituirlos sin criterio. Cuando se colabora con artesanos y profesionales locales. Cuando se utilizan materiales vinculados al territorio. Cuando la historia del edificio deja de estar oculta y se convierte en parte de la experiencia. Cuando el alojamiento da a conocer a productores, comercios y proyectos de la zona. Cuando su crecimiento genera oportunidades para otras personas y contribuye a mantener viva la comunidad que lo rodea.
Creo firmemente que el interiorismo puede ser mucho más que una cuestión estética. Puede proteger el patrimonio, fortalecer las economías locales y devolver valor a lugares que parecían condenados al olvido. Puede transformar un alojamiento y, al mismo tiempo, contribuir a preservar todo lo que existe a su alrededor.
Hoy comprendo que aquel pequeño pueblo andaluz no fue únicamente el escenario de mis mejores recuerdos. También fue el lugar donde, sin saberlo, comenzó a construirse mi propósito. Un propósito que permaneció en silencio durante años y que hoy da sentido a Magnelisse Estudio: no solo transformar espacios, sino ayudar a revivir lo rural a través del diseño.