En esta época de crisis se habla más que nunca de los emprendedores y las pequeñas empresas. De que las microempresas (menos de 3 trabajadores) suponen alrededor de un 80% del total de empresas y que son las que más puestos de trabajo generan. Y sin embargo, muy poco se ha hecho por
fomentar esta forma de vida profesional en las escuelas, institutos o
universidades o mejorar sus condiciones.

Tiene importancia educar para el autoempleo, o más bien para el emprendizaje, ya sean autónomos, cooperativas, empresas mercantiles…
Emprender una actividad es una experiencia muy enriquecedora personal y
profesionalmente. Personalmente se tendrá que aprender a ser una persona
creativa, organizada, activa y con iniciativa; y también se mejorarán las habilidades de gestión, comunicación y relación, entre otras. Profesionalmente se tiene la oportunidad de elegir la forma de trabajar y los valores sociales de la
empresa, de aplicar todos los conocimientos que se tienen, de mejorarlos, de
colaborar con otros profesionales para seguir aprendiendo y de aprender la
profesión desde la práctica y los errores.

Pero emprender, en mi opinión, tiene tres grandes dificultades: no tener conocimientos empresariales, asumir el riesgo de la respuesta del mercado y las comparativamente malas condiciones  de los autónomos (desempleo, altas cuotas de seguridad social para quienes ingresan poco, vacaciones, bajas) y las pymes (que al final pagan más en el impuesto de sociedades que las grandes). La primera dificultad no es tan relevante, porque aunque al principio asuste un
poco, los conocimientos los podemos adquirir, aunque es necesario un esfuerzo.

La segunda es el gran problema, el riesgo de que nuestra idea no sea bien
acogida en el mercado. En este sentido es muy importante la incidencia en la
educación, ya que es grandísima la aversión al riesgo y el miedo al fracaso que
se nos ha inculcado desde pequeños. Si empezamos la actividad sin grandes
inversiones (que podemos dejar para más adelante en muchos casos), y con un
proceso previo de reflexión y prueba en el que nos tomemos nuestro tiempo, diseñando modelos de negocio y propuestas de valor atractivas, testándolas en el mercado y mejorándolas poco a poco y adaptándonos a las cambiantes necesidades del mercado, el riesgo es mucho menor. Y si después de todo la idea no funciona, en muchos casos habrá sido una experiencia muy rica que servirá seguramente para adentrarnos en otra nueva idea. La tercera dificultad es más bien un inconveniente que no está en nuestras manos pero habría que conseguir cambiar.

En todo caso, parece ser que poco a poco van apareciendo iniciativas en las que se impulsa la creación de empresas. En la siguiente noticia hablan de un grado en liderazgo emprendedor e innovador, una carrera que se imparte en la Universidad de Mondragón, donde la tarea principal de los alumnos es formar una empresa solvente en los cuatro años que dura la formación.

A pesar de las críticas que se le hacen en cuanto a ser elitista, enfocarse en mercados extranjeros como China, etc. su valor principal radica por un lado en el mero hecho de existir, y por otro en la metodología que utiliza, basada en el “aprender haciendo”. Aprender desde la experiencia es esencial, combinar la teoría con la práctica y el trabajo en equipo, enfrentarse a los problemas y aprender a solucionarlos.

“Estas capacidades se adquieren con el método de aprender haciendo (learning by doing) y el trabajo en equipos autogestionados a través de
empresas que se crearán desde el primer día, trabajando para clientes
reales con proyectos reales.”